En días como estos, cuando se conocen los resultados de los procesos de selección, muchos jóvenes sienten que un número define su futuro. Vergüenza, frustración y una sensación de fracaso pueden aparecer cuando el puntaje PAES no alcanza para lo que se soñaba y así lo refleja la postulación. El problema no es el resultado, sino el significado que le atribuimos.
El puntaje se vive como una sentencia, cuando en realidad es solo una fotografía de un momento. No debemos perder la perspectiva de que no todas las decisiones importantes se toman a los 17 o 18 años, cuando se es muy joven, ni en un solo proceso. Insistir en lo contrario solo lleva a decidir bajo la presión, el miedo o la comparación, y no desde la convicción.
Entrar a una carrera solo para “no perder el año” suele tener costos altos. Elegir desde la urgencia puede derivar en desmotivación temprana, cambios de rumbo o abandono. La idea de perder el año es engañosa: un año bien invertido en preparación, reflexión y fortalecimiento académico no es un retroceso, sino una inversión en decisiones más conscientes.
Para quienes deciden rendir nuevamente la PAES, el desafío es hacerlo distinto. No se trata solo de estudiar más, sino de cambiar estrategias y prepararse también en lo emocional. Aprender a manejar la ansiedad, planificar con realismo y confiar en el proceso es tan importante como dominar los contenidos.
Hoy existen más oportunidades: distintas rendiciones al año y la posibilidad de postular con los mejores puntajes. Esto permite reducir la presión y planificar con sentido.
Un puntaje PAES no define el valor personal ni el potencial académico. Tampoco no poder quedar en la carrera soñada. A veces, lo que parece un fracaso es solo una pausa necesaria para elegir mejor el camino. Y eso también es avanzar.
Carolina Rojas
Directora académica
CPECH




















