En Chile, el debate sobre las personas mayores y el trabajo suele instalarse desde una premisa casi automática: si alguien continúa activo después de la edad de jubilación, es porque no le quedó otra opción. Pensiones insuficientes, alto costo de la vida y ausencia de apoyo aparecen, muchas veces, como las únicas explicaciones posibles.
Ese diagnóstico existe y es real. Sin embargo, cuando se convierte en el único relato disponible, produce un efecto inesperado: borra la agencia de quienes deciden seguir trabajando por elección propia.
Para muchas personas mayores, el trabajo no es solo una fuente de ingresos. Es estructura cotidiana, vínculo social, sentido de utilidad y continuidad vital. No todas las trayectorias envejecen igual, ni todas las jubilaciones se viven como alivio. Para algunos, dejar de trabajar no significa descansar, sino quedar al margen de la vida social.
Reconocer esta elección incomoda porque rompe una narrativa simple. Obliga a aceptar que la vejez no es una experiencia homogénea y que el deseo de mantenerse activo no siempre responde a carencias materiales. Hay quienes siguen trabajando porque quieren, porque pueden y porque encuentran en ese espacio algo que no está disponible en otros ámbitos de la vida cotidiana.
El problema aparece cuando esta elección se utiliza para justificar la precariedad. Celebrar la continuidad laboral sin distinguir contextos termina convirtiendo el deseo de algunos en argumento contra los derechos de otros. Se confunde voluntad con obligación y se naturaliza que seguir trabajando sea la norma.
La discusión pública suele moverse entre dos extremos igual de problemáticos: o se magnifica el “envejecimiento activo” como un ideal de productividad permanente, o se reduce toda continuidad laboral a necesidad económica. En ambos casos, se pierde de vista lo central: la posibilidad real de elegir.
Trabajar en la vejez puede ser una fuente de bienestar, autonomía y pertenencia. Pero solo lo es cuando existe la alternativa de no hacerlo. La elección deja de ser tal cuando está condicionada por ingresos insuficientes, trabajos disponibles de mala calidad o la ausencia de espacios sociales fuera del mercado laboral.
Hablar seriamente de personas mayores y trabajo exige sostener esa tensión sin simplificarla. Reconocer la elección sin convertirla en obligación. Valorar el deseo de seguir activo sin usarlo para legitimar un modelo que empuja a hacerlo.
Porque seguir trabajando puede ser una decisión valiosa. Lo que no puede ser es la única opción posible.
Trinidad Rosales Mertens
Investigadora CEIS – Universidad Central de Chile




















