Las imágenes de niños viviendo en contextos de guerra conmueven profundamente el último tiempo y son más comunes de lo que quisiéramos. Sin embargo, más allá de la emergencia humanitaria inmediata, es importante comprender que las consecuencias de estas experiencias pueden marcar el desarrollo y la vida adulta de quienes las viven.
La infancia es una etapa clave del desarrollo humano. Durante esos años se construyen aspectos fundamentales de identidad, la manera en que comprendemos el mundo, como nos relacionamos y los recursos con los que enfrentamos las dificultades. Es también el periodo en que se desarrollan habilidades emocionales y sociales que permiten establecer vínculos, confiar en otros y construir una percepción de seguridad.
Cuando un niño o niña crece en un contexto de guerra, muchas de estas bases se ven profundamente alteradas. La exposición a la violencia, el miedo constante, la pérdida de seres queridos o la separación familiar interrumpen las condiciones de seguridad necesarias para el desarrollo. A esto se suma la restricción de experiencias esenciales para la infancia, como el juego, la educación, la vida cotidiana y los cuidados básicos.
Según datos de UNICEF, cerca de 400 millones de niños en el mundo viven en zonas afectadas por conflictos armados, lo que los expone a múltiples vulneraciones de derechos y a desplazamientos forzosos que obligan a las familias a abandonar sus hogares. Para un niño, perder su entorno cotidiano también implica perder el sentido de pertenencia y la posibilidad de reconocer un lugar como seguro.
Las consecuencias de estas experiencias no se limitan solo a la infancia. Diversos estudios en psicología y epigenética han evidenciado que los efectos del trauma pueden transmitirse entre generaciones, observándose impactos incluso hasta dos o tres generaciones después, a través de formas de vinculación, respuestas frente al estrés y patrones emocionales.
Se reconoce que las experiencias cotidianas, como jugar, aprender, participar en la comunidad o vivir en entornos seguros, son fundamentales para el desarrollo y bienestar de las personas. Cuando estas oportunidades se ven interrumpidas por la guerra, no solo se afectan las condiciones presentes de la infancia, sino también las trayectorias de vida futuras.
Las guerras no solo destruyen ciudades o territorios. También dejan huellas profundas en quienes atraviesan su infancia en medio de ellas, marcas que pueden acompañar a las personas durante toda su vida e incluso resonar en las generaciones que vendrán.
Daniela Estobar Alvarado
Académica Escuela de Terapia Ocupacional
Universidad Andrés Bello

















