La reciente Copa del Mundo nos recordó que el fútbol es, por excelencia, el lenguaje universal. Sin embargo, detrás de las luces del campo de juego, las salas de prensa oficiales nos devolvieron una realidad paradójica. Durante los primeros días del torneo, se impuso una directriz estricta: las preguntas en las conferencias de prensa oficiales debían formularse exclusivamente en inglés. La restricción no solo marginó lenguas maternas de diversas delegaciones, sino que excluyó explícitamente el español, el idioma oficial de uno de los propios países coorganizadores del evento.
Si bien la presión de los medios y la opinión pública forzó una rápida rectificación por parte de los organizadores, el hecho no puede pasar desapercibido como una simple «falla de coordinación». La medida inicial dejó al descubierto una profunda desconexión institucional y nos obliga a reflexionar sobre cómo se conceptualiza y se practica la inclusión en las vitrinas más grandes del planeta.
El lenguaje no es una mera herramienta burocrática para transmitir datos o agilizar dinámicas operativas; es el soporte fundamental de la identidad, la cultura y la dignidad de los pueblos. Imponer un idioma único en un espacio diseñado para el encuentro de naciones envía un mensaje implícito de asimilación y exclusión cultural. Significa establecer que hay identidades que deben amoldarse a la norma hegemónica para ser escuchadas, restándole valor a la riqueza de la diversidad.
Este tipo de señales se amplifica de manera crucial si consideramos que el Mundial es visualizado por millones de fanáticos en todo el mundo, entre ellos una inmensa cantidad de niños, niñas y jóvenes. Los eventos de magnitud global son potentes modeladores de conducta. Cuando la infancia observa que las instituciones validan barreras en lugar de tender puentes, se pierde una oportunidad de oro para educar en el respeto irrestricto a la diferencia. La inclusión no es un discurso que se activa en las campañas publicitarias previas al partido; es una práctica cotidiana que debe verse reflejada en el trato, el acceso y la validación de cada identidad presente.
Celebrar la diversidad sociocultural implica asumir la responsabilidad de diseñar entornos que de verdad acojan a todos los participantes en igualdad de condiciones. Que la medida se haya revertido demuestra que la voz colectiva importa, pero también evidencia que la inclusión sigue siendo tratada como una reacción ante la queja y no como un principio fundante desde el diseño de los proyectos.
Hacemos un llamado abierto a las organizaciones deportivas internacionales y a las entidades globales a entender que el verdadero éxito de un evento multicultural no se mide solo en el marcador o en las métricas de audiencia, sino en su capacidad para transformarse en un espacio respetuoso y verdaderamente accesible para la humanidad en toda su pluralidad. La pelota no se mancha, pero la inclusión y el valor a la diversidad tampoco se negocia.
Andrea Mira
Dra. en Ciencias del desarrollo y psicopatología, Escuela de Terapia Ocupacional
Universidad Andrés Bello




















