Hace algunas décadas, particularmente en los años ochenta, acceder a la respuesta de un problema constituía un verdadero desafío. Los libros eran escasos, Internet no existía y la inteligencia artificial solo se veía en películas como los Supersónicos o Viaje a Las Estrellas.
Entonces surge una pregunta: ¿cómo se resolvían los problemas? La respuesta es simple: pensando, pensando y pensando. En ese contexto, los compañeros de estudio se convertían en un recurso invaluable. Las conversaciones, discusiones y el intercambio de ideas, permitían descubrir nuevas formas de abordar las dificultades, y muchas veces la explicación o interrogante de otro, era clave para encontrar el camino hacia la solución. Aprender era, en gran medida, una experiencia compartida.
Resolver un problema implicaba explorar distintos caminos, formular hipótesis, probar estrategias, cometer errores y volver a intentarlo. Se requería paciencia, mucha paciencia, porque las soluciones no aparecían de manera inmediata y, casi siempre, los primeros intentos resultaban insuficientes o incorrectos.
Era un proceso lento, exigente y, en ocasiones, frustrante. Sin embargo, precisamente en ese esfuerzo intelectual se construía el conocimiento. Cada error obligaba a reflexionar y buscar nuevas estrategias y cada logro generaba una gran satisfacción ya que era el resultado de una comprensión profundamente trabajada.
Hoy vivimos una realidad muy diferente. La información está disponible a un clic de distancia y la IA puede proporcionar respuestas en cuestión de segundos. Frente a este escenario, surge una nueva pregunta: ¿qué sentido tiene seguir promoviendo la resolución de problemas en el aula cuando una herramienta tecnológica puede entregar la solución de manera instantánea?
Quizás el verdadero aprendizaje no reside únicamente en obtener una respuesta, sino en desarrollar la capacidad de pensar, analizar, cuestionar y perseverar frente a un desafío. En un mundo donde la información es cada vez más accesible, las preguntas adquieren un valor aún mayor. La capacidad de formular problemas, interpretar contextos, analizar información, evaluar la validez de una solución y argumentar una postura, se vuelve tan importante como resolver el problema mismo.
Porque aprender se parece mucho a emprender un viaje. Si bien todos queremos llegar al destino, es en el recorrido donde ocurren los descubrimientos, se superan los obstáculos y se construye la experiencia. Y, como ocurre en los mejores viajes, el trayecto suele ser más significativo cuando se comparte con otros. Los compañeros de ruta nos ayudan a ver caminos que no habíamos considerado, nos apoyan frente a las dificultades y enriquecen nuestra comprensión del mundo. De la misma forma, en la resolución de problemas, el trabajo colaborativo transforma el aprendizaje en una experiencia más profunda, desafiante y significativa.
Cecilia Herrera Académica Instituto de Matemática Física y Estadística Universidad de Las Américas




















