Chile es un país que con el correr de las décadas, ha tenido en lo social y lo económico grandes vaivenes, donde sin duda ambos elementos jugaron un rol muy determinante en el funcionamiento de su estructura social; uno -el económico- se engarza fuertemente con el otro -lo social- y que según sea el balance de esta relación, ha sido el funcionamiento de nuestra sociedad, haciendo hincapié en la necesaria interrelación personal.
En este contexto, nuestra sociedad durante la segunda mitad del siglo XX y lo que va del siglo XXI, ha visto cómo las relaciones interpersonales en sociedad han entrado a una situación de crisis y de cambio permanente, debido principalmente a la evolución y revolución tecnológica que se venía anunciando desde la revolución industrial hasta nuestros días; donde las grandes mayorías como siempre han sido y permanecen por completo fuera de estos procesos transformadores, quedando para ellos, solamente la obligatoriedad de asumir los efectos o consecuencias de estos en lo social.
Es así, que en la actualidad, nos encontramos frente a una situación de crisis valórica que no es capaz de sustentar en buena forma la búsqueda de los verdaderos fines y valores afines del ser humano, los que no siempre están relacionados con el mero crecimiento económico; sino que más bien con el bienestar de las personas tanto en lo personal como en lo relacional; sin desconocer que el aspecto económico es importante para el desarrollo de la sociedad, pues es el que, en la medida de que su aplicación sea balanceada y llegue a todos, permitirá el desarrollo en condiciones de mejor acceso al beneficio de lo social.
Esto -lo económico- pudiera ser catalogado como una expresión teórica deseable que no siempre es posible de cumplir, convirtiéndose en una aspiración que tiene raíces en la búsqueda de mejores condiciones para todos aquellos que son parte de una sociedad.
Si bien esta es una situación marco para toda sociedad, es preciso reconocer que la única manera de lograr acercarnos a los fines connaturales al ser humano, en términos del alcance del bien común, es mediante la toma de conciencia de cada persona, respecto de su papel en el contexto de lo humano social, el que tiene que estar marcado por un accionar preclaro y con una actitud y propósito definido que le permita avanzar y desarrollarse en el alcance o escalamiento de los diferentes niveles superiores de conciencia, donde uno lleva al otro, de acuerdo a como es concebido en el ámbito del pensar metafísico; donde la superación de la persona no es medible en términos económicos ni materiales, sino que en términos de la búsqueda de la supra conciencia que no es algo que se pueda tocar al modo en que se tocan las cosas.
En este contexto debemos reconocer que el hombre actual, está -no por decisión propia- bastante alejado y en una actitud de hibernación de su estado de conciencia, que de alguna manera se ha ido petrificando, impidiéndole darse cuenta de la gran cantidad de fuerzas que giran en su entorno, muchas de las cuales juegan en su contra; invisibles para el radar de su propia conciencia y que le llevan a actuar de una manera u otra, sin tener la oportunidad de discriminar o identificar como estas fuerzas inciden en su vida en particular, y en su relación con las demás personas que forman parte de su círculo más cercano; todo esto de manera tal, que ya es posible detectar como el ser humano, poco a poco se ha ido distanciando de todo aquello que lo distingue esencialmente, en cuanto tal ser humano -el arte, la poesía, el teatro, la literatura, la creatividad y otras disciplinas- circunstancias que ubican a este ser humano en una especie de ceguera impuesta por una gran venda que aumenta su grosor cada vez más.
En este escenario, las características del actuar personal en cada una de las decisiones que se tome, son parte del nivel de conciencia en que cada persona se encuentre, que no es el mismo nivel que pudiera tener cualquiera otra persona, lo que provoca una diferencia, que a la larga podría ser la causa de posibles discordias y/o desacuerdos entre estos, lo que resulta lógico de entender, dado que la interpretación que hace cada uno del entorno que le rodea y de la sociedad en general no está en sintonía con la de sus pares humanos, no obstante que físicamente estén uno al lado del otro.
Como ya se dijo, con todo el preámbulo tecnológico de que hablamos, nos encontramos cara a cara con un ser humano del siglo XXI, que es capaz de manejar y usar herramientas tecnológicas -Internet, redes sociales y otras- que le facilitan su diario vivir, entregándole confort y facilidad para solucionar sus problemas cotidianos; sin que tenga que esforzarse grandemente para ello.
Esto no deja de ser preocupante, pues este devenir tecnológico, nos está dejando sin la posibilidad de desarrollar y de dar la debida atención a nuestro cerebro y mente humana, que por naturaleza es el órgano en el que reside la capacidad de pensar, la que potencialmente permitirá un “mejor pensar” -pensamiento crítico- según sea la forma en que nos enfrentemos al mundo que nos rodea, el que, por un lado, se compone de cosas materiales que nos aporta la naturaleza y por otro lado, de seres humanos que constituyen el cuerpo social del que somos parte, haciendo hincapié en la especialísima condición del ser humano, que es a la vez materia como también conciencia, espíritu, inteligencia; lo que nos diferencia en forma definitiva de los animales.
El asunto es que por la situación de comodidad y de facilidad generadas por la tecnología, nos lleva a que sin mayor dificultad aceptemos con agrado estos supuestos regalos que se nos entregan, sin siquiera percatarnos de que estos, son la verdadera causa del adormecimiento que estamos viviendo en la modernidad y que nos lleva a permanecer en un estado de pereza intelectual, donde todo se acepta y nada se cuestiona o critica; generándose un estado de normalización creciente en la sociedad, de todos los hechos mencionados.
Finalmente, tenemos que reconocer que la humanidad de la cual somos parte, está viviendo una gran encrucijada, generada por el desarrollo tecnológico – internet, redes sociales e inteligencia artificial- que tiene al borde del abismo a cada persona en particular y a la sociedad en general, debido a la implantación de nuevos valores -antivalores- y la generación explosiva de información cuyo procesamiento es imposible de manejar por nuestro cerebro en el corto tiempo; a la vez que el conocimiento que se pudiera obtener, no cuenta con una certeza respecto de la verdad o falsedad de dicha información. En pocas palabras y a modo de síntesis de lo dicho, es una realidad que el mundo actual se encuentra en una total incertidumbre, provocada por la aparición de la inteligencia artificial, de la cual, según los desarrollos que ha alcanzado hasta el momento, pudiera ser calificada de ¿ángel o demonio?
Silvio Becerra Fuica
Profesor de Estado en Filosofía




















