En Chile se está instalando una confusión peligrosa: se mete en el mismo saco a liberales y libertarios. Para quienes nos formamos en la tradición liberal igualitaria, esto no es un matiz académico: es el corazón del debate público. Porque no hay libertad donde el poder no tiene límites, ni donde las instituciones que protegen derechos son débiles o inexistentes. Llamar “libertad” a la pura desprotección es, en el fondo, renunciar a la libertad de la mayoría.
Por eso escribí un documento de trabajo, que circula entre amigos, compañeros de partido y colegas, para empujar esta discusión con datos y con una tesis sencilla: sin crecimiento no hay derechos sostenibles, y sin instituciones no hay libertad real. Esta columna es una invitación a leerlo.
Liberal no es “anti-Estado”
El liberalismo, el de verdad, no es un culto al “Estado mínimo” ni una alergia a los impuestos por principio. Liberal es, antes que nada, poner límites al poder, proteger derechos, garantizar igualdad ante la ley, y sostener una economía abierta donde las personas puedan emprender, trabajar y progresar. Eso requiere Estado. Un Estado que funcione.
Porque sin tribunales que operen, sin reglas claras, sin policías eficaces, sin reguladores competentes, sin políticas públicas que habiliten la movilidad social, la libertad se vuelve un privilegio: libertad para quienes tienen redes, plata o apellido. Para el resto, “libertad” es puro discurso.
El libertario promete atajos; el liberal prefiere cimientos
El libertarianismo se ha vuelto atractivo porque ofrece una solución emocional: “saquemos al Estado del camino y todo se arregla”. En su versión más intensa, no solo desconfía de la burocracia; desconfía de la política, de la regulación, de la redistribución y, a veces, de la democracia misma cuando estorba al mercado.
El problema es que esa promesa choca con una realidad muy concreta: el Estado social, y también el Estado mínimo, hay que pagarlo. Y en Chile, la caja fiscal ya no depende principalmente del cobre. Depende de impuestos masivos (IVA y renta) y del desempeño general de la economía: empleo formal, productividad, inversión, crecimiento.
En simple: si la economía se estanca, la recaudación se achica; y si la recaudación se achica, la política se vuelve una guerra por el presupuesto. En ese ambiente florecen los extremos: los que prometen derechos sin base económica y los que prometen recortes sin costos sociales.
La discusión fiscal es discusión moral, porque es discusión de prioridades
El documento mueda cuenta de algo que a veces se evita decir en voz alta: cuando se ofrece un Estado social como si fuera gratis, tarde o temprano se termina eligiendo entre tres caminos:
• Subir impuestos (y discutir a quién y cuánto).
• Reasignar gasto (y asumir quién pierde).
• Aumentar deuda (y traspasar parte de la cuenta al futuro).
No hay magia. No hay “caja escondida”. La política responsable parte reconociendo esa restricción.
Y ojo: reconocer restricciones no es “ser de derecha”. Es ser adulto. También es ser liberal: porque el liberalismo, a diferencia del fanatismo, prefiere la verdad incómoda a la fantasía cómoda.
La libertad también se defiende con inclusión
Otro punto del documento, que me gustaría que se discuta más en regiones, es que el crecimiento, por sí solo, no basta si no se traduce en oportunidades reales. La informalidad laboral, la baja participación femenina, la precariedad de los cuidados y las brechas territoriales no son “temas sociales” separados de la economía: son factores que dañan productividad, achican la base tributaria y erosionan cohesión.
En pocas palabras: si quieres un país donde la gente crea en la libertad económica, tienes que construir un país donde esa libertad sea vivible: empleo formal, seguridad, transporte, acceso a cuidados, educación inicial fuerte. Si no, la libertad se interpreta como abandono, y el péndulo se va al autoritarismo “protector”.
¿Qué es “ser liberal” hoy?
Ser liberal hoy es resistir dos tentaciones simultáneas:
• La tentación de prometer derechos infinitos sin preguntarse por productividad, crecimiento y capacidad estatal.
• La tentación libertaria de creer que la sociedad se ordena sola si recortamos el Estado hasta el mínimo.
Entre ambos extremos hay una posición más difícil, y por eso más valiosa: defender un capitalismo con reglas, un Estado con prioridades, una política fiscal seria, y una agenda de movilidad social que haga compatible la libertad con la dignidad.
Eso incluye algo que en Chile evitamos por pudor ideológico: la economía política del Estado social. No basta con decir “más derechos”. Hay que decir cómo se pagan, qué instituciones los administran, cómo se evita que se transformen en burocracia improductiva, y cómo se protege la inversión que los financia.
Una invitación concreta
El documento desarrolla con más detalle estos puntos y propone criterios para ordenar la discusión pública:
• Dejar de fingir que el crecimiento es opcional.
• Tratar la formalización, los cuidados y la primera infancia como infraestructura económica.
• Evitar la descapitalización de empresas públicas.
• Poner el foco en instituciones: reglas claras, evaluación de políticas, y disciplina fiscal como condición de justicia intergeneracional.
No es un texto para ganar una pelea en redes sociales. Es un intento por recuperar un lenguaje común: libertad con responsabilidades, mercado con reglas, Estado con capacidad, y progreso material como base de cualquier proyecto político que se tome en serio a la gente.
Si te interesa esa discusión, y si te incomoda que todo se reduzca a consignas, te invito a leer el documento completo. Ser liberal, hoy, es justamente eso: no rendirse a la moda del atajo, y seguir defendiendo cimientos cuando el clima cultural empuja a la demolición.
Henry Wachtendorff
Profesor de Economía
PD: Si quieres revisar el texto completo revisa este link
https://drive.google.com/file/d/1ATbiXdSDDVVcNgF_3r-5-dbXvwRoikOW/view?usp=drive_link




















