La normalización de acciones en el marco social es un fenómeno psicológico y sociológico mediante el cual conductas, situaciones o eventos atípicos, dañinos o peligrosos se integran de forma subconsciente en la rutina diaria hasta ser percibidos como naturales, aceptables o «normales» por el colectivo.
Este proceso, impulsado por la familiaridad y la presión social hacia la conformidad, anula la capacidad crítica y genera severas consecuencias en la estructura comunitaria.
El hecho de que el fenómeno de la normalización en los individuos, de algunas acciones llevadas a cabo por éstos, sin que exista una participación activa en este proceso de nuestra conciencia y de nuestro pensamiento crítico; es el punto de partida o la clave como para que los estudiosos de nuestra mente se preocupen del tema, como asimismo todo el espectro disciplinar -Filosofía, Sociología, Psicología- espacio en que ambas vertientes del conocimiento deberían encontrarse; las ciencias por un lado, con su necesaria contraparte, que reconocemos en las humanidades y respectivo humanismo por otro lado.
Son muchas las causas de las acciones -de todo tipo- de normalización, que representan un riesgo o peligro para los individuos y para la sociedad, las que se configuran y se hace presente subrepticiamente -inconscientemente- en la mente de estos. Algunas de las causas de una normalización que pueden resultar peligrosas se mencionan a continuación.
El acostumbramiento y pérdida de sensibilidad, que genera una disminución importante del impacto emocional ante eventos negativos que se repiten -delincuencia, corrupción, guerra- que generan una apatía generalizada que se manifiesta en la pérdida de la motivación colectiva para actuar o exigir cambios.
La invisibilización de la violencia, por la asimilación de microagresiones, discursos de odio o exclusión laboral bajo la justificación de costumbres o bromas; lo que lleva a la institucionalización del abuso y perpetuación de entornos hostiles para minorías o grupos vulnerables.
La mediocrización y el conformismo, debido a la penalización y rechazo social hacia los individuos que deciden salirse de la norma establecida, lo que determina un freno a la innovación y asfixia del pensamiento crítico o la individualidad sana. La mencionada presión social hacia la conformidad penaliza la autenticidad, la disidencia constructiva y la excelencia, forzando a los individuos a encajar en un estándar plano.
La validación de la ignorancia, debido a la aceptación colectiva de la desinformación, las calumnias y las faltas de respeto en los canales públicos de la comunicación. Lo anterior conlleva a una erosión de los valores fundamentales y de los pilares educativos comunitarios.
La complacencia ante el riesgo, que genera una omisión sistemática de protocolos de seguridad u orden debido a la ausencia temporal de consecuencias negativas inmediatas; lo que es un caldo de cultivo para el aumento de crisis o accidentes evitables por negligencia estructural tolerada por el grupo.
Al creer que una situación anómala, como la corrupción o la delincuencia, es el estado normal de las cosas, disminuye la motivación para exigir cambios estructurales.
Al respecto, resulta adecuado mencionar la llamada “paradoja de la familiaridad,” donde el cerebro humano asocia la repetición y la cercanía con la seguridad. Si una mala práctica se repite constantemente sin un castigo o freno inmediato, el marco social la procesa erróneamente como la vía correcta.
Para mitigar este sesgo, los especialistas sugieren consumir información de forma consciente, cuestionar activamente las conductas rutinarias que generan incomodidad y establecer límites éticos firmes antes de que el entorno difumine la frontera entre lo aceptable y lo destructivo.
Finalmente, en relación al tema que nos convoca, diré que el concepto de normalización lo encontramos en la obra de Michel Foucault -filósofo, sociólogo y psicólogo- especialmente en su obra “Vigilar y castigar,” en el contexto de su análisis del poder disciplinario, donde la normalización para Foucault, implicaba la construcción de una norma de conducta idealizada —por ejemplo, la forma en que un buen soldado debería idealmente estar de pie, marchar, presentar armas, etc., definida con todo detalle— y luego recompensar o castigar a los individuos por ajustarse o desviarse de este ideal. Por lo tanto, este es un buen ejemplo de lo dañina que puede ser la normalización, la que se ha convertido en un aspecto crucial de la estructura social en las sociedades modernas.
Silvio Becerra Fuica
Profesor de Estado en Filosofía




















