Más de 40 mil estudiantes se encuentran fuera del sistema escolar en Chile. La cifra es alarmante, pero también nos invita a hacernos una pregunta más profunda: ¿qué estamos entendiendo por educación y cuál es el propósito que buscamos para cada niña, niño y joven?
Con frecuencia, el debate se centra en cómo lograr que estos estudiantes regresen a las salas de clases, lo que es una tarea urgente. Sin embargo, al reducir el desafío a la asistencia o permanencia escolar, corremos el riesgo de perder de vista lo esencial. Porque detrás de cada estudiante que deserta hay una historia, una trayectoria y un enorme potencial que sigue existiendo, aunque haya dejado de estar dentro de una sala de clases.
Desde el trabajo junto a comunidades educativas, he aprendido que la deserción escolar rara vez es una decisión aislada. Es el resultado de múltiples experiencias, oportunidades que no llegaron a tiempo, vínculos que se debilitaron y contextos que fueron estrechando las posibilidades de futuro.
Por eso, quizás la pregunta que debemos hacernos no es únicamente cómo hacemos que un estudiante vuelva a la escuela, sino cómo garantizamos que cada niña, niño y joven pueda visualizar un futuro con propósito y encuentre en la educación —dentro o fuera de los formatos tradicionales— las herramientas para construirlo.
Esto requiere ampliar nuestra mirada y reconocer que las trayectorias son diversas, que los caminos de aprendizaje no siempre son lineales y que ninguna comunidad puede enfrentar este desafío por sí sola. Escuelas, familias, organizaciones sociales, municipios, empresas y el Estado tienen un rol que cumplir en la construcción de oportunidades para las nuevas generaciones.
Cuando un joven abandona la escuela, no solo pierde el sistema educativo. También perdemos parte del talento, la creatividad y el liderazgo que nuestras comunidades necesitan para enfrentar los desafíos del presente y del futuro. Por eso, abordar la exclusión educativa no es únicamente una tarea del sistema escolar. Es un compromiso colectivo con la construcción de un país donde el origen no determine el destino y donde cada persona pueda desarrollar al máximo su potencial.
Porque la pregunta de fondo no es cuántos estudiantes logramos retener, sino cuántos estamos siendo capaces de acompañar para que descubran quiénes pueden llegar a ser y el impacto que podrían generar en el mundo.
Ángela Caviedes
Directora de Formación de Enseña Chile




















