Cada año, cuando se acerca el Día de la Niñez, las vitrinas se llenan de juguetes, las promociones invaden las redes sociales y las conversaciones suelen girar en torno a una misma pregunta: ¿qué regalo comprar? Sin embargo, en medio de esa lógica de consumo, vale la pena detenernos a pensar qué es lo que realmente celebramos.
Un reciente estudio de UNICEF y el Ministerio de la Mujer estimó que la crianza en Chile no solo representa un importante costo económico para las familias, sino también una enorme inversión de tiempo, especialmente durante los primeros años de vida. Quizás ahí esté la primera pista: el recurso más valioso para un niño no siempre puede comprarse.
Los juguetes tienen un lugar importante. Favorecen el juego, estimulan la imaginación y pueden transformarse en herramientas que acompañan el desarrollo. El problema no está en regalar, sino en creer que el significado de esta celebración depende del precio o del tamaño del obsequio. Cuando eso ocurre, corremos el riesgo de reducir la infancia a una experiencia de consumo, dejando en segundo plano aquello que realmente favorece el bienestar infantil: el juego, la participación y los vínculos significativos.
La evidencia en desarrollo infantil muestra que las experiencias compartidas entre niños y sus cuidadores fortalecen el desarrollo socioemocional, favorecen el apego, promueven la participación y contribuyen a la construcción de una identidad positiva. Son las experiencias cotidianas, más que los objetos, las que dejan huellas duraderas.
En una sociedad donde el tiempo parece ser cada vez más escaso y las pantallas compiten permanentemente por nuestra atención, la presencia de los adultos adquiere un valor incalculable. Los niños necesitan sentirse escuchados, considerados y parte de la vida cotidiana de quienes los cuidan. Esa presencia genuina, disponible y sin apuro constituye una de las formas más significativas de cuidado.
Mirar esta celebración desde esa perspectiva también permite hacerla más inclusiva. No todas las familias tienen las mismas posibilidades económicas para comprar un regalo costoso, pero todas pueden construir experiencias significativas desde su propia realidad. Celebrar la infancia no debería depender del poder adquisitivo, sino del derecho de niños y niñas a jugar, participar y compartir tiempo con quienes son importantes para ellos.
Quizás este Día de la Niñez la pregunta no debería ser únicamente «¿qué le vamos a regalar?», sino también «¿qué recuerdo queremos construir juntos?». Porque es probable que muchos juguetes queden olvidados con el tiempo, mientras que una tarde de risas, una caminata, una receta preparada en familia o una película vista abrazados permanezcan para siempre en la memoria.
La evidencia muestra que los niños no necesitan una infancia llena de cosas; necesitan una infancia llena de experiencias compartidas. Al final, el mejor regalo no siempre viene envuelto. Muchas veces tiene forma de tiempo, de presencia y de esos pequeños momentos cotidianos que les dicen, sin necesidad de palabras: «eres importante para mí».
Daniela Estobar Alvarado
Académica Escuela de Terapia Ocupacional
Universidad Andrés Bello




















