Por Lucas Chaparro Sepúlveda
Álvaro Martínez, sacerdote nacido en el cerro Ramaditas, dirige un centro misionero en El Paso, Texas. Desde ahí asiste a migrantes latinoamericanos varados o detenidos.
En El Paso, Texas, basta cruzar un puente para estar en Ciudad Juárez, México. Álvaro Martínez, sacerdote chileno de 53 años, lo hace en 20 minutos caminando. “Yo soy un migrante más”, dice con calma. Nació en el cerro Ramaditas, Valparaíso, creció en el barrio Fins, y desde entonces su vida ha sido un continuo cruce de fronteras que lo llevaron a entender el dolor del inmigrante.
Hoy dirige un centro misionero de Padres Columbanos en El Paso, a pocos metros del muro. Su labor: escuchar, acoger y dar esperanza a quienes llegan huyendo de la violencia, la pobreza o la persecución. Muchos no pasarán. Otros están detenidos por el ICE. Todos tienen una historia que, según Martínez, “es Cristo roto”.
De Valparaíso al mundo
Álvaro creció en el Valparaíso de los años 80 y 90. Su parroquia en el cerro Juan San Roque era un hervidero de jóvenes: “Había doscientos, doscientos cincuenta. Hacíamos campeonatos de fútbol, fiestas de primavera, una ramada el 18 de septiembre”. En 1993 decidió postular al seminario.
Su formación lo llevó a Fiji, donde aprendió a usar un pareo y visitó una clínica de leprosos. Luego fue a Chicago a estudiar Teología. Después a Hong Kong, donde durante seis años trabajó con empleadas domésticas filipinas que dormían en parques los domingos. “Cada lugar me transformó”, admite.
Fue en Hong Kong donde entendió algo clave: “Yo no trabajo con migrantes, yo comparto con otros migrantes. Soy migrante. Cuando cruzo México, todos saben que no soy mexicano”. Esa conciencia de ser un extranjero más se volvió el motor de su fe.
La frontera
Hace cinco o seis años, cuenta Martínez, la crisis migratoria en Juárez era gigantesca: “Había 600 personas durmiendo fuera de una iglesia esperando comida. Se abrieron gimnasios, funcionaban 22 albergues”. Con la administración actual de Estados Unidos, el flujo se redujo “casi al cero”. Pero eso no significa que el problema haya desaparecido.
“Hoy el muro es gigante. Le ponen alambres de púa sobre alambres de púa. De hecho lo están pintando de negro para que absorba más calor”, describe. Quienes logran cruzar –muchos de manera ilegal– se quedan en El Paso o siguen hacia otras ciudades. Pero la mayoría queda varada en Juárez, atrapada entre la desesperación y la violencia de los carteles.
“Atrás de cada migrante hay una historia brutal”, enfatiza. Y pone ejemplos concretos: Una mujer de un país latinoamericano pidió 12 mil dólares prestados para pagar a un traficante. Trabajó un año entero. Cuando terminó de pagar –20 mil dólares, por los intereses abusivos–, la detuvo el ICE. “Está detenida y va a ser deportada”. Una pareja con dos niños pequeños (uno de tres años, otro de año y medio) caminó, tomó trenes y buses. Fueron secuestrados en el camino y tuvieron que pagar rescate. Siguen en Juárez, sin poder cruzar. Un padre de familia trabaja en México desde las seis de la tarde hasta las cuatro o cinco de la mañana “por alrededor de treinta o cuarenta dólares”. Sin descanso. “Esto toma rostro, olor y color cuando uno se sienta a conversar”, dice el cura.
Álvaro Martínez visita dos centros de detención de ICE en El Paso. “Muchos de ellos están ahí solamente por ser migrantes. No hay ningún cargo”. Los trasladan de una ciudad a otra: dos meses en Miami, dos semanas en Florida, dos meses en El Paso. “El proceso se alarga”.
Escucha testimonios que no puede olvidar: madres detenidas mientras sus hijos quedan al cuidado de una tía o una vecina. Padres que no saben cuándo volverán a abrazar a sus pequeños.
Sin embargo, no se queda en la denuncia. Su centro misionero está abierto a todas las religiones. “Nos vamos a dar un abrazo y a conversar de cómo ayudar en la paz y en el desarrollo de este pueblo”.
El paralelismo con Chile
Álvaro creció en los años 80, en un Valparaíso que aún sangraba. Parte de su familia tuvo que exiliarse en Europa. Él mismo, aunque no sufrió persecución directa, entiende el desarraigo.
“Los venezolanos salen de una dictadura. Salen porque no tienen otra opción, o porque los persiguen, o porque necesitan tener pan en la boca. Muchos chilenos hicieron lo mismo. Parte de mi familia también”, dice. “Cuando uno mira el caso de Nicaragua, de Venezuela… hay mucho paralelismo”.
Esa memoria histórica le impide ser indiferente. Por eso rechaza cualquier visión edulcorada de la migración: “No es Jesús montado en un burro con José y María yéndose a Egipto. Aquí es duro”. Habla de violaciones, secuestros, torturas, de gente que abandona todo lo que construyó porque una noche entraron a acribillar a su familia.
“Hay que mirar el rostro del migrante más allá de mis propios miedos”, insiste.
“Sin eso es muy difícil que podamos entender el valor de un migrante en mi país. Y lo hablo desde mi primera perspectiva: ser un migrante. Cada uno de nosotros, en algún momento, puede ser el extranjero”.
Pide no juzgar a quien cruza la frontera sin papeles. “Atrás hay una historia de violencia, de deuda, de sueños rotos. Y también de esperanza. Porque a pesar de todo, siguen caminando”.
Y concluye con un llamado a la comunidad chilena, especialmente a Valparaíso, ciudad puerto que también ha visto partir a los suyos: “Si aprendemos a ver a Cristo en el migrante, entonces nuestra fe tendrá sentido. Si no, será solo ruido”.
Para conocer más sobre su labor o contactarlo:
● Sitio web misionero: www.missionlens.cl
● Congregación: www.columban.org
● Redes sociales: Facebook e Instagram como @alvaromartinezssc03




















