Hay debates que parecen tratar sobre animales, pero en realidad tratan sobre poder. La discusión sobre el rodeo es uno de ellos. No porque el sufrimiento animal sea irrelevante, sino porque, detrás de esa controversia, aparece una pregunta más profunda: quién tiene derecho a definir las formas de vida legítimas al interior de Chile.
Desde una perspectiva liberal igualitaria, el punto de partida no es la superioridad moral de una sensibilidad sobre otra, sino la igualdad entre personas que, siendo semejantes en dignidad, pueden sin embargo orientar su vida de maneras distintas. Por eso, una sociedad libre no se ordena sobre la prescripción estatal de un único modo correcto de amar, creer, formar familia, celebrar o habitar la comunidad. Su regla más básica es otra: allí donde no concurren razones públicas excepcionalmente fuertes, debe primar un deber de abstención frente a las formas de vida ajenas.
Simplemente, no construimos el Estado para eso.
El problema es que una parte de la izquierda contemporánea, en nombre del progreso, parece haber abandonado esa intuición elemental. En vez de ver en la pluralidad un dato constitutivo de la vida común, vuelve a imaginar el espacio nacional como un terreno disponible para la homogeneización cultural. La diversidad se celebra mientras sea decorativa; cuando se vuelve práctica viva, cuando incomoda, cuando expresa hábitos, símbolos y rituales que no coinciden con la sensibilidad urbana dominante, entonces pasa a ser objeto de sospecha, tutela o proscripción.
Tal vez el error provenga de una mala comprensión de qué es Chile. La república no surge en el vacío, ni descansa sobre una abstracción de individuos desprovistos de historia. Antes de la república está la nación; y la nación chilena no es una esencia única ni una voluntad homogénea, sino la sedimentación de múltiples tradiciones humanas, territoriales y culturales que, a lo largo del tiempo, fueron componiendo eso que llamamos Chile. El país no se explica solo desde Santiago ni desde la experiencia del asfalto. También lo constituyen los modos de vida del norte y del desierto, las memorias indígenas, las culturas campesinas del Valle Central, la vida austral, la tradición gaucha de las zonas fronterizas y el legado de distintas migraciones que modelaron regiones enteras. La nación, así entendida, no es uniformidad: es una convergencia histórica de diferencias.
Y si ese es el sustrato epistémico de la república, entonces resulta difícil sostener que el proyecto nacional consista en homologar esas formas de vida o en imponer, desde el Estado, una sola manera legítima de comprender la realidad. Un liberal debiera resistirse precisamente a eso. Debiera desconfiar de toda pulsión que, en nombre del bien, pretenda erradicar tradiciones profundamente arraigadas en comunidades que también forman parte de la nación.
Ese es, me parece, el punto ciego de cierta izquierda actual frente al rodeo. No advierte que, al buscar suprimir por vía institucional una práctica inscrita por siglos en la experiencia cultural del Valle Central, no solo impugna una costumbre específica: afirma, además, que una sensibilidad particular (la del habitante del hormigón, la del ciudadano desvinculado de esa tradición) puede erigirse como medida universal de lo admisible.
Pero una cultura liberal no consiste en reemplazar una hegemonía por otra. Consiste en aceptar que la comunidad política está hecha de vidas que no tienen por qué parecerse entre sí. Si de verdad creemos en la igualdad, en la pluralidad y en la nación como comunión de tradiciones diversas, entonces deberíamos ser mucho más cautos antes de convertir nuestras preferencias culturales en prohibiciones generales. Y acaso convenga hacerse una última pregunta: ¿no será que precisamente este ánimo de proscripción terminó produciendo una inesperada conjunción de proscritos, y que esa conjunción de proscritos es hoy gobierno?
Henry Wachtendorff
Consejero Nacional Partido Liberal de Chile




















