La violencia en contextos escolares en Chile se ha consolidado como una preocupación creciente, percepción que no es solo anecdótica, sino también se refleja en las cifras: según datos de la Superintendencia de Educación, durante 2024 se registraron más de doce mil denuncias vinculadas a convivencia escolar, marcando un aumento sostenido en los últimos años.
A ello se suman episodios de extrema gravedad que han impactado profundamente a las comunidades educativas, reabriendo el debate sobre cómo abordar este fenómeno de manera efectiva y urgente.
Para especialistas en salud mental, estos hechos no pueden entenderse como situaciones aisladas, sino como la expresión de un deterioro progresivo en los vínculos, la convivencia y las habilidades para gestionar conflictos en niños, niñas y adolescentes. El foco, por tanto, deja de estar solo en la reacción y se traslada hacia la prevención, donde el rol de las familias resulta fundamental.
Más allá de la conducta
Desde la mirada clínica, la agresividad en etapas tempranas suele ser la manifestación de un malestar más profundo. Dificultades emocionales, sensación de exclusión, frustración acumulada o falta de herramientas para resolver conflictos.
Así lo explica el doctor Juan Antonio Retamal Chang, Neurólogo de San José Interclínica, quien señala que “cuando la violencia aparece, generalmente es porque fallaron otras formas de expresión. Si solo respondemos con castigo, perdemos la oportunidad de intervenir en lo que realmente está ocurriendo”.
En este sentido, uno de los principales desafíos para las comunidades educativas es reconstruir su tejido relacional. “La violencia no se resuelve únicamente con normas o sanciones, sino fortaleciendo los vínculos. Cuando niños, niñas y adolescentes se sienten parte de su comunidad, reconocidos y validados, disminuye la necesidad de expresar el conflicto a través de la agresión”, agrega el especialista.
Espacio de contención
En este escenario, el hogar cumple un rol insustituible, ya que es el primer espacio donde se pueden observar cambios, anticipar conflictos y ofrecer contención emocional.
“Los padres y tutores no necesitan ser expertos, pero sí estar disponibles. Conocer a sus hijos, saber con quiénes se relacionan y cómo están emocionalmente es una forma concreta de prevención”, afirma el especialista de San José Interclínica.
Desde esta perspectiva, más que controlar, el desafío está en conectar. “Las conversaciones cotidianas, el interés genuino por lo que viven y la capacidad de validar emociones permiten construir un vínculo que facilita que niños y adolescentes expresen lo que les ocurre antes de que escale. Cuando existe confianza, los conflictos no desaparecen, pero sí se vuelven abordables”, añade.
Alertas que no se pueden ignorar
Existen señales que requieren atención oportuna, especialmente cuando se vuelven persistentes o intensas. Cambios bruscos en el comportamiento, aislamiento, irritabilidad constante o rechazo al entorno escolar pueden ser indicadores de un malestar mayor.
Desde la Organización Mundial de la Salud han advertido que, a nivel global, uno de cada siete niños y adolescentes vive con algún trastorno de salud mental, y que muchos de estos casos no son detectados ni tratados a tiempo. Este escenario refuerza la importancia de la detección precoz y el acompañamiento oportuno desde las familias, las escuelas y los equipos de salud.
En estos casos, la articulación entre familia, escuela y especialistas resulta clave. “Pedir ayuda a tiempo puede marcar la diferencia. Cuando no se interviene, los problemas no desaparecen, escalan y pueden derivar en consecuencias graves que afectan a toda la comunidad”, advierte el doctor Hugo Espinosa, especialista de Tarapacá Interclínica.




















