Hay algo que ocurre cada septiembre y que pasa casi inadvertido. Mientras aparecen las fondas, la cueca y el aroma de las empanadas, también regresan juegos que llevan siglos acompañando la historia de Chile. Basta mirar al cielo para encontrar un volantín, acercarse a una ramada para ver una rayuela o escuchar las risas de una carrera en sacos. Durante unos días, el país vuelve a jugar como lo hizo durante generaciones.
Lo curioso es que estos juegos no nacieron como una tradición exclusiva de Fiestas Patrias. Durante gran parte de nuestra historia fueron parte de la vida cotidiana. Niños, jóvenes y adultos ocupaban calles, plazas y campos para entretenerse. Con el tiempo, septiembre terminó convirtiéndose en el gran escenario donde sobrevivieron estas costumbres y la instancia de reencuentro que tenemos con estas.
El mejor ejemplo es el volantín. Hoy basta con levantar la vista para descubrir algunos cruzando el cielo. Pero hubo una época en que eran tantos, que las autoridades coloniales terminaron prohibiéndolos en las ciudades. En 1796 se dictó un decreto porque los volantines que caían sobre techos y muros de adobe provocaban verdaderas expediciones para rescatarlos, con tejas rotas, derrumbes y más de un accidente. Pocas veces un juego causó tanto revuelo.
La rayuela también guarda una historia centenaria. Llegó desde Europa con los españoles, fue adoptada por criollos y mestizos hasta adquirir un sello propio y, desde 2014, es oficialmente deporte nacional. No hay muchas actividades que representen mejor el espíritu dieciochero.
Algo similar ocurre con el emboque. Su origen se remonta al bilboquet francés del siglo XVI, tan popular que la tradición cuenta que el rey Enrique III de Francia, caminaba por las calles jugando con él. En Chile dejó atrás los palacios europeos para transformarse, gracias a los artesanos, en uno de los juguetes más característicos de nuestro folclore.
El trompo, cuya historia incluso algunos sitúan en la antigua Grecia y Mesopotamia, llegó por influencia española y encontró en el campo chileno un lugar privilegiado. Mientras que el palo encebado, una de las grandes atracciones de las celebraciones del siglo XIX, escondía una lección inesperada: pocas veces el premio se conseguía solo. Casi siempre había que formar verdaderas escaleras humanas para alcanzar la cima; entonces, la competencia inculcaba el valor de colaborar.
Hay un aspecto relevante: cada uno de estos juegos enseña algo distinto. El trompo premia la perseverancia; el emboque, la concentración; la rayuela reúne generaciones; el volantín convierte el espacio público en un lugar de encuentro; el palo encebado recuerda que la colaboración muchas veces es la única forma de llegar a la meta.
No es casualidad que estos juegos sigan apareciendo cada septiembre. Las Fiestas Patrias no solo conservan bailes, comidas o música, también mantienen vivas formas de relacionarnos. Cada volantín que se eleva, trompo que gira o los tejos lanzados en una cancha de rayuela, revive una tradición que ha pasado de generación en generación.
Quizás ese sea su mayor patrimonio. En tiempos donde gran parte del entretenimiento ocurre frente a una pantalla, los juegos típicos nos recuerdan que la diversión también puede construirse compartiendo un mismo espacio. Septiembre no solo celebra la independencia de Chile. También nos ofrece, aunque sea por unos días, la oportunidad de recuperar una costumbre que dice mucho sobre quiénes somos, la de salir a la plaza, al parque o al barrio para jugar juntos.
José Pedro Hernández Historiador y académico de Universidad de Las Américas



















